El doble sentido de Paul Gauguin

1Ya han pasado las navidades y es hora de que en Murmullos nos pongamos las pilas con nuevos artículos y nuevas exposiciones que os iremos mostrando semana a semana. Y qué mejor que comenzar el año hablando de uno de los artistas más famosos de la historia del arte, Paul Gauguin (1848-1903). Es el mayor exponente del mito del bohemio y del primitivismo.

Aunque pasó por distintas etapas, fue evolucionando en técnica y temática hasta llegar a lo que verdaderamente nos interesa que es la llegada al paraíso, a Tahití, donde logró viajar tras difíciles negociaciones con el Ministerio de las Colonias el 4 de abril de 1890. Gauguin rechaza la cultura de Occidente y abandona la civilización en pro de los pueblos primitivos. Rechaza lo académico. Él valora este tipo de arte no por lo que tiene de curioso y diferente, sino por su autenticidad.

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 Él,ante todo, busca encontrarse a sí mismo. Al refugiarse en mundos diferentes, encuentra la paz. Por otro lado, otros han dicho que sólo viajó a Tahití en busca de mujeres mulatas y sexo. No se trata de una novedad o de algo solo de Gauguin sino que encontrar en Oceanía un mundo poblado de mujeres era una fantasía creada por el hombre en el siglo XVIII.

Desde el punto de vista plástico es bastante arcaico, porque intenta renovar su propia técnica pictórica, utiliza un color puro muy saturado tal y como sale directamente del tubo y pretende tener una función simbólica, trasladarnos a otro mundo, ese mundo de lo espiritual.

Ahora vamos a comentar algunas de sus más famosas obras empezando con “Mujeres de Tahití” (1891). Está realizado en óleo sobre lienzo. Allí descubrió un tipo femenino distinto al de las mujeres europeas, que reflejó en numerosos cuadros. Una de las mujeres, la que queda a la izquierda del cuadro, viste a la manera tradicional, recuerda a las estampas japonesas. Sin embargo, la de la derecha viste un vestido rosa típico de las misioneras. En una versión posterior del mismo tema sustituyó este vestido por un pareo propio de las islas.34

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Yo te saludo, María, Ia orana María” (1892). Los habitantes del distrito de Mataiea donde él vivía eran católicos, en lugar de protestantes como en el resto de la isla, por lo que Gauguin se pudo inspirar en la devoción indígena para pintar esta escena de carácter religioso. Gauguin manifiesta aquí una tendencia a fundir símbolos religiosos de Oriente y Occidente. Un ángel de alas amarillas, medio oculto tras un arbusto en flor (quizás para indicar que es una visión) saluda a María y a Jesús de aspecto tahitiano y dos mujeres los adoran con unas poses copiadas de una foto de un templo budista en Java. El primitivismo de las figuras, con pies grandes y rostros con rasgos muy marcados, era lo que el pintor llevaba buscando mucho tiempo, aportando buenas dosis del Simbolismo que le caracterizará. 

“Manao tupapau” (1892). Esta obra fue pintada cuando vivía en Tahití y él mismo lo consideró su obra maestra. Paul había salido por la noche y al llegar a su cabaña encontró a su amante nativa en esta posición y con la cara transformada de horror, cuando él preguntó que pasaba, ella le respondió que Manao Tupapaula vigilaba, la estaba acechando.

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Gauguin presintió una obra maestra tras esta escena y en seguida se puso a trabajar, con el tremendo miedo que los tahitianos tienen al Espíritu de la Muerte. A partir de esto empieza a introducirse más profundamente en sus mitos y costumbres y volcarlos en sus obras. Pintó el cuadro seducido por la forma, por el estudio del desnudo, y puso el terror en el rostro de la muchacha para evitar las sugerencias de la postura tan indecente. Hubo críticas que desmentían esa razón y que decían que simplemente se trataba de un retrato de la amante de Gauguin justo después de haber practicado sexo con ella.

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Ta Matete (1892) En su búsqueda de lo primitivo, Gauguin se inspira para realizar esta obra en un fresco egipcio que conservaba en una fotografía. Para el artista, el arte egipcio era el más sabio de los primitivos y por eso se inspiró en él a la hora de ejecutar esta escena. Las protagonistas son las prostitutas que se ofrecían a los turistas occidentales en el mercado de Papeete, haciendo posiblemente una crítica a la situación que estaba provocando la llegada de occidentales entre los indígenas.

A pesar de ser prostitutas, las presenta con vestidos muy discretos y poses poco insinuantes. Gauguin se empeña en representar las figuras de manera plana, para asemejarse más al arte primitivo. Por eso parece que las mujeres están pegadas al paisaje arbolado del fondo, donde observamos otras dos figuras que parecen sacadas de los jeroglíficos de una pirámide egipcia. 

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“Vairumati”  (1892) Esta obra se pintó durante la segunda estancia de Gauguin en la Polinesia. Se representa a una joven polinesia, con un cabezal de cama detrás de ella y, a un lado, un ave blanca con un lagarto entre las garras. Se pretende representar aquí a una Eva mítica, una diosa-madre, fuente de vida. El ave sería representación de la muerte

9“Los ancestros de Tehamana, Merahi metua no Tehamana” (1893) A pesar de estar casado desde 1873 con Mette Gad y de tener cinco hijos en su matrimonio, Gauguin tomó por esposa en la Polinesia a la joven Tehamana, que tenía 13 años cuando se inició la relación. Aquí la vemos retratada, posiblemente cuando estaba embarazada como reflejan los dos mangos maduros, símbolos de la fertilidad. Pero la escena representa la creencia de que todos los tahitianos descienden de los dioses Hina y Taaroa que encontramos al fondo, dando la impresión de estar en un templo maorí, idea remarcada por los jeroglíficos de la parte alta de la composición. Tehamana aparece en primer plano con un vestido más misionero que polinesio, portando un abanico como símbolo de distinción en su mano derecha y un cuchillo en la izquierda. El rostro de la figura indica la atracción hacia lo primitivo de Gauguin en estas fechas, como también se observa en Ta matete.

En “¿De dónde venimos, que somos y adónde vamos?”(1897) está en clave tahitiano como un paraíso de abundancia donde los habitantes solo tienen que levantar la mano para coger la fruta, un paraíso de convivencia, es una escena de un mundo idílico que tuvimos en Occidente pero perdimos. Recoge una serie de preguntas filosóficas sobre la naturaleza y la civilización, el valor del sexo y el sentido de la existencia. Las figuras dispuestas en friso, ilustran las estaciones de la vida.

El niño dormido es el origen, luego viene el contraste entre la inocencia de las figuras del primer plano y los personajes de purpura que meditan y susurran junto al árbol de la ciencia, el conocimiento trae la corrupción y el sufrimiento.

 La figura central de mayor tamaño, que recoge el fruto, es el mediodía de la vida, la plenitud del hoy. A la izquierda, el ídolo señala con su actitud, según Gauguin, el “más allá”, una mujer parece escucharle. La ultima figura, una vieja acurrucada, se inspira en la postura fetal de las momias precolombinas e indica la inminencia de la muerte. El extraño pájaro parecido a un loro podría representar un símbolo de lo absurdo.

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Son cuadros donde la mujer tahitiana tiene un protagonismo peculiar y la mujer está más cerca de esos primitivismos, está más cerca de las fuentes de la vida y tiene una conexión con la naturaleza, con los orígenes de la vida. En realidad el artista que viaja no tiene una voluntad real de conocer al otro sino que lo que busca en realidad es encontrarse a sí mismo, es decir un viaje interior más, que exterior.

La imagen que Gauguin proyecta de Bretaña y de Oceanía es la de un mundo que no ha evolucionado, una especie de mundo feliz que se mantiene lejos de las presiones del capitalismo industrial.

La situación de la Polinesia a finales del siglo XIX era mucho más dramática que el paraíso primitivo idealizado por Gauguin. Cuando llega a Tahití las enfermedades traídas por los europeos habían matado a 2/3 de los 35.000 habitantes, por otra parte los misioneros llegaron con una labor de destruir todo el tejido religioso y cultural que existía previamente en la Polinesia, eliminando los ritos. Se erradicaron toda una serie de actividades artesanales, se destruyó la riqueza local para vender productos europeos a los indígenas que acabaron dependiendo de ellos.

11“Dos Mujeres Tahitianas” (1899) Esta imagen no hace más que acercarnos a una de esas ceremonias de mujeres ante un ídolo que en otros cuadros de Gauguin aparecen a lo lejos. Aquí asistimos en primer plano y desde dentro.

No vemos el ídolo porque miramos la escena desde su punto de vista, el ritual se verifica ente el espectador y para el espectador. A él le trae la muchacha como ofrenda la pulpa de fruta y como ofrenda también su propio cuerpo.

Joven con abanico” (1902) Retrato de una joven polinesia, llamada Tohotaua, realizado en 1902 en su estudio de Hivaoa a partir de una fotografía. El abanico blanco en la mano derecha, símbolo de distinción en la Polinesia.

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Bibliografía

 AA.VV., historia del arte, 4. El mundo contemporáneo (Dirigida por

Juan Antonio Ramírez), Madrid, Alianza, 1997.

 GÁLLEGO, Julián, La pintura Europea del siglo XIX. Simbolismo, modernismo y ingenuísimo. (Tomo XXXIV: Arte europeo y norteamericano del siglo XIX). Madrid, Espasa Calpe, 2004.

 HEARD HAMILTON, George, Pintura y Escultura en Europa 1880, 1940, Madrid, Manuales Arte Cátedra, 1980.

 READ, Herdert, Historia de la pintura moderna, Barcelona, Ediciones del Serbal, 1988.

 SOLANA, Guillermo, El Impresionismo, Madrid, Anaya, 1991

http://www.artehistoria.jcyl.es/

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